Maria Matus

Mis letras…

Sin maleta

Hand

 

Se partió la pata derecha de la mesa. Se encogió el mantel blanco y se manchó de vino tinto el papel calcante.

Traté de leer. No terminé la primera frase. Ese adjetivo que se cruza en mi camino. Siempre. Ahí. Llaga. Pus.

Caminas en contravía. Desamarras los cordones que te vuelven a amarrar. Escupes tres te quiero y un por qué.

Duermes y te muerdes. Se te pierde un lunar en la mitad del ombligo y  se te cae un diente. Te rascan los recuerdos.

Me voy.

Sin maleta.

Me salen pecas. Muchas. Muchas lágrimas. Saben a sal marina.

Me quedé.

Sin maleta.

Tres te quiero y un para qué. Más que el por qué. Ayer. Mañana y pan. Sin saber. Ni entender. Tantas uvas en los huesos y un mango biche que roba pulmones ajenos.

No movía bien los dedos. El gusano de casco rosado se tragó la rodilla izquierda, las manos y los pies. Tú. Yo. Los dos.

Sin maleta.

¿Dónde está la máquina de coser memorias olvidadas?

En una zapatilla. Intento despegar la celulitis con tinta china. Corto cinco pestañas diarias. Borro una línea. Tal vez cuatro. Mastico doscientos gemidos. Instantáneos.

Sin maleta.

Me escupió el armario.

 

Photo: Richard Avedon

 

 

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Debajo de la cama

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Me perdí debajo de mi cama, entre imágenes ilusorias y una servilleta sucia. Traté de escapar. Escupí cinco veces. Me quité la camisa. Me arranqué una peca. Ahorqué a un señor llamado prejuicio, de apellido sociedad. Lo ahorqué hasta que dejó de respirar. Le cobré esa puñalada que le dio a mi libertad.

Apagué el celular. Puse mute a mis pensamientos. Me moví lento, muy lento. El ocio me cacheteó. Busqué respuestas en una caja de chicles verde. Medí mi cintura. Se me rompieron los huesos. Dormí. Dormí muchas horas. Tantas. Sigo dormida.

Sonó Eleanor Rigby. Dos minutos y cinco segundos. Tiempo exacto de la canción. Eso me demoré en tragarme la melodía, mientras el dolor sigue aquí… cojo.

Extirpó un pedazo de mi pie. Trató que cortarme las piernas. Le grité que se fuera. Testarudo y mil veces testarudo. Se quedó a mi lado. Rozó mis dedos. Quería robarme la canción y encerrarme para siempre debajo de la cama. Sentía la necesidad de dejarme sin alas. Le gustaba el sabor de mi piel en contraste con mis labios.

Me gustaban sus besos. Me excitaba la melancolía que carcomía su soledad. Olía su miedo. Quería robar mi vuelo, era incapaz de hacerlo y por eso se escondió… en la distancia.

El amor me sabe a vino tinto y me susurra al oído en catalán. Mastico su sombra. Muerdo su recuerdo hasta que llegue el olvido.

Sin manos y sin pies.

Debajo de la cama.

Otra vez.

 

All the lonely people

Where do they all come from?

All the lonely people

Where do they all belong?

 

Photo: Guy Bourdin

Sueño americano

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Las metáforas colorean la contemporaneidad, mientras los símbolos desdibujan la verdad. En pleno siglo XXI retrocedemos. La lucha por los derechos y la libertad se pierde entre matices de xenofobia y abuso de poder. El populismo se apodera de sujetos que representan líderes inexistentes. Trump nos demuestra que el mundo está teñido por un reality show que poco a poco consume la sensatez. La democracia está confundida, se ahoga en un delirio que apenas comienza.

Recordar el pasado. Escudriñar en los laberintos de la historia. Encontrar respuestas. Darnos cuenta de que existen preguntas que no podemos contestar. Indagar el comportamiento del hombre. Admirar su progreso. Temerle a sus alcances, hasta llegar a la levedad del ser. Los personajes de la tragedia griega sentían los mismos dilemas que percibimos hoy. Los conflictos se repiten, las soluciones se desordenan, el mundo se desencaja en un vaivén que nos recuerda que la evolución puede equivaler al total retroceso. Estamos condenados a un déjà vu. La demagogia es el banquete favorito de los políticos actuales. La democracia es una imagen ilusoria. Estamos más cerca del pasado que del futuro. La globalización nos estalla en la cara e insiste en que todo es una reiteración vacía.

Donald Trump demostró que su retórica apocalíptica no quedaría sólo en palabras. Llegó a la Casa Blanca a cumplir con sus propuestas. En menos de un mes ha puesto a temblar al mundo entero. El muro en la frontera de México es una realidad. Trump firmó un decreto para comenzar a construirlo. Retiró a EE. UU. del TPP (Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica que representa el 40 % de la economía mundial). El desprecio que siente por los musulmanes es tan evidente, que vetó a siete países y prohibió su entrada a EE. UU. La fiscal general, Sally Yates, se negó a defender su veto migratorio ante la justicia. El presidente la despidió, argumentó que “la fiscal traicionó al Departamento de Justicia al negarse a aplicar una orden designada para proteger a los ciudadanos”. El señor Trump dejó en claro que se hace lo que él ordena, si no lo obedecen, aplica la famosa frase del programa El Aprendiz: “Estás despedido”. Bienvenidos a la era Trump; el miedo y la tiranía son los nuevos protagonistas.

El país de Mickey Mouse, McDonald’s y Hollywood está lleno de contrastes. La libertad roza a la esclavitud contemporánea. Los derechos humanos y la justicia se codean con la denigración del hombre. Las oportunidades se transforman en deudas eternas. La igualdad toca a la discriminación. La clase media se hunde en un mundo globalizado. Los jóvenes reflejan un presente hueco. El capitalismo le pica el ojo al fracaso socialista. El sueño americano puede despertar en medio de una pesadilla.

Estados Unidos es el país de las distintas tonalidades, le encanta disfrazar a la decadencia de esperanza. Trump es la definición de esa cultura que sobresatura al mundo, de ese cáncer que domina a la economía, destruye el medioambiente y está acabando poco a poco con la dignidad humana.

Photo: Prensa 

Artículo publicado en El Heraldo de Barranquilla: http://www.elheraldo.co/columnas-de-opinion/sueno-americano-325724

Sin colilla, te fumé

Cigarettes

Decidí volver, repetir. Me quedé sentada, esperé. Secuencias monótonas. Situaciones que se pierden en el transcurso de los días. Duelo entre la luna y el sol. El tiempo pelea con la manecilla del reloj. La noche llega a comerse la distracción del día, grita palabras ruidosas.

Entre el humo del cigarrillo del vecino, al lado del señor tartamudo que pide plata en la esquina del naranjo, ahí me quedé: horas, días, meses. Esperé ese vaivén de la nada.

Amarrarte los pies y querer ganar la carrera. Taparte los ojos para ignorar la injusticia. Subir escalones que llegan a un ascensor. Tropezarte con respuestas que no quieres escuchar. Descubrir la mentira que se disfraza de verdad.

Crucé los dedos para evitar un encuentro. Corrí una cuadra. Volví. Busqué una caja de mentas. Me comí las uñas. Me arranqué un pelo del brazo izquierdo y tomé una malteada de recuerdos… agria.

Ayer te vi. Hoy dormí. Mañana me congelo. Pego con un chicle los momentos que desaparecen. Trato de borrar la melancolía con un portaminas. Pruebo un té de yerbabuena y mastico pedazos de insomnio.

Sin colilla, te fumé.

Tosí, me ahogué.

Colección de nubes. Un raspado de hojas verdes. Cortar el vacío con una tijera plateada. Morder la noche, comerme un helado y rascar el sol. Hilos transparentes. Pinceladas de congoja morada. Escupir el pasado. Tragarme el presente.

Sin fumar, inhalé todo el humo de tu piel.

Arañé tus sabanas.

 

Photo: Irving Penn

Conversaciones Banales

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Se sienta en una silla de madera, frente a la mesa que marca la división. Ahí se queda un buen rato. Entre silencios incómodos y conversaciones banales habla sin parar. Sus palabras son triviales, sus frases nacen sin sentido. Escamas que arrancar dentro de un pozo sin fin.

Los días pasan, pelean con la monotonía, se agotan los recursos y volvemos a empezar. Detrás de una cara desconocida, tropieza un ‘hola’, con miedo a estrellarse en el vacío del silencio.

Nos enfrentamos a conversaciones repetitivas día tras día. Decimos cosas insignificantes con tal de evitar la palabra: ‘tedio’. Dopamos la vida con una dosis de humo y ostras decoloradas.

Se consume en el abismo de una conversación banal. Contiene sus lágrimas. Ríe. Habla. Grita. Contiene sus lágrimas con más fuerza. Se le escapa una lágrima y le brillan los ojos. Vuelve a hablar. Grita hasta dejar un eco. Baila descontrolada. Vomita palabras sin sentido. Llora. Nadie la ve. Desvanece. Sin entender su realidad… se evapora.

Ya es mañana.

 

Photo: Irving Penn, 1949

Llaves sin cordón

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En un transcurrir simultáneo del aquí y ahora florece la desilusión. Incomprensión del tiempo. Despertar obligado. Amanecer sin color. Dos velas apagadas y una rueda pinchada.

Te vi pasar. Me ignoraste. Corrí y me metiste una zancadilla. Amarraste nuestros cordones y me quitaste los zapatos. Me quedé descalza, sin mis zapatillas negras… sin un bocado de ti.

Juego con el encendedor azul que me robé en el bar de la esquina. Lo daño y me aburro. Camino entre ese tipo de banalidades y me pierdo en: tres, dos, uno. Bailo la canción que escribió un lápiz desgastado. Tarareo unos versos rayados. Cerré la puerta con un candado plateado. Me robaron las llaves. Traté de sacar copia y no pude. Denuncié el robo. Se me acabó el tiempo. Se oxidó todo.

Prendí las dos velas e inmediatamente se volvieron a apagar. Se consumieron hasta dañar la madera. Olía a madera quemada, tiempo perdido y pedazo de nada. Olía a ella. Olía a él. Rebanada de papa. Cinco mil pesos rotos y un porta retrato sin foto. Ahí detrás me escondí, mientras todo se repetía. Busqué un borrador para raspar el momento. El olor permanecía, la madera se disipaba y la luz era inexistente. Malditas velas, imposibles de encender.

Quisiera amarrarme los cordones. Nunca se ataron igual. Jamás usé las mismas zapatillas. Traté de ir y volver: sin llaves, frente a un candado plateado, descalza, sin luz.

Quise recuperar el encendedor, repetir la secuencia y pudrirme en la trivialidad de la existencia misma. Intenté desde lo más profundo del fastidio. No llegué a la meta y me rendí. Abrí una lata de coca cola y terminé por envenenar mis neuronas.

¿Dónde están mis llaves?

Sin ti.

 

Photo: Guy Bourdin

Momento

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Nunca encuentro la palabra adecuada. Se pierde entre risas, entre la pared blanca que divide los días. Aquella que se escapa y no vuelve. Esa que me pica el ojo para que la mencione en mis textos y luego me voltea la cara para que la borre una y otra vez.

Palabras que huyen del lenguaje y la divagación del ser. En un lugar monótono es imposible que las palabras quieran permanecer. Las olvido, las olvidas. Nos perdemos en un aquí y ahora tan irreal como el futuro.

Y aparece la palabra: Momento. Significa todo y nada. Efímera. Eterna. Banal. Explosiva. Tú. Yo. ÉL. Ella. No es nadie y somos todos. Momento. La vida es un momento: Hoy repetitivo. Presente que no acaba jamás. Pasado que se disfraza en la esperanza del mañana.

La palabra insiste en correr. No la puedo alcanzar. Dormir hasta desvanecer el momento. Cambiarlo por nada. Preferir un limón maduro y una cuchara de sal. Una pócima de preguntas entre respuestas envenenadas y palabras que desean desaparecer.

Me atrapa la melancolía y me defiendo con lágrimas de acero. Algo así, como morder a la luna y volver.

Adiós, momento.

 

Photo: Obra de Man Ray, Obstruction.